
Esta nota surge a partir de una reflexión compartida en Facebook. Gracias a un video de Q´Orianka Quilcher sobre los derechos de los pueblos originarios donde se pregunta: “¿Cómo tenemos que ser, para ver el mundo que queremos ver?” y esa pregunta me inquietó al punto de querer compartir esta reflexión.
Creo que el mundo que nos rodea, es en mayor o menor medida, un reflejo de lo que hay en nuestro interior; y no solo el mundo, el gran mundo, este que compartimos con toda la humanidad, si no también, los otros mundo, los mundos más pequeños en los que participamos: nuestra familia, la empresa, el club, el barrio, la ciudad, etc. es en mayor o menor medida un reflejo de lo que hay en nuestro interior, tanto las cosas más bellas y amorosas como las calamidades e injusticias, habitan en nuestro interior.
Si nos detenemos por un instante, vamos hacia nuestro interior y observamos, nos podremos ver a nosotros mismos, comportándonos con nosotros mismos (valga la redundancia) como el mejor de los amigos o como el peor de los tiranos. Así, muchas veces somos bondadosos y nos tratamos con cuidado y afecto; cuidamos de nuestra salud, nuestra alimentación, nuestros vínculos, confiamos en nuestros talentos y dones, somos amorosos y atentos con lo que nos decimos a nosotros mismos, estamos atentos a nuestras necesidades y deseos... Pero en otros momentos nos comportamos con nosotros mismos con crueldad y descuido, así, no nos respetamos en nuestras inquietudes, nos invalidamos, desconfiamos de nuestras capacidades, nos culpamos por cosas que ni siquiera hicimos, perpetuamos pensamientos y conductas destructivas, nos juzgamos con tal dureza que finalmente, nos vamos resintiendo, ensombreciendo, lastimando y poco a poco escindiendo y fragmentando.
Ya en sus bellas “Hojas de Hierba” Walt Withman escribió: "Soy multitudes..." y cuanta verdad hay en esta simple frase, ¿No es cierto acaso que en cada uno nosotros habitan el santo y el réprobo, el justo y el corrupto, el generoso y el avaro, la monja y la prostituta, el libertino y el puritano, el valiente y el cobarde, lo terrenal y lo sagrado?
No será entonces que el mundo anda, en parte, como anda nuestro interior? No será que hay alguna relación entre el estado de las cosas y lo que pasa adentro nuestro y que muchas veces nos resistimos a ver? Y claro, cuando nos negamos a nosotros mismos, cuando no nos aceptamos así, con esas multitudes que somos, es probable que acaezca la fragmentación, que nos volvamos seres divididos, donde pareciera que una pierna da pasos al norte y la otra al sur. Entonces es probable que con gran presteza aquello que nos begamos a ver en nosotros mismos lo veamos en los otros, como dice el dicho, “veamos la paja en el ojo ajeno”, el mal y la injusticia allá afuera, en el otro, en el vecino, en el compañero de trabajo, en el político, en el extranjero, en el “diferente”, en un mecanismo que la psicología analítica llama “proyección de la sombra”. Y saben qué? Creo que aquello que negamos termina por actuarnos sin que nos demos cuenta. Carl Gustav Jung pensaba "Lo que no se hace conciencia se hace destino"; Y en esa brillante síntesis queda expuesto el valor de mirarnos a nosotros mismos, de observarnos sin tapujos y sin juicios, y solo desde la consciencia, del darse cuenta, surge la posibilidad de emprender un camino de pacificación interna, de acuerdo, entre las partes en tensión, de compasión y comprensión con cada uno de los personajes que nos habitan, de amigarse con uno, y como dice el zen, de practicar Maitri, la amistad incondicional con uno mismo.
Y tal vez sanando nuestras heridas y a nuestros personajes internos, reflejemos otra cosa en el mundo y en nuestros mundos, tal vez no sea un mundo ideal, pero sin duda, será uno más amoroso, justo y pacífico.
Gonzalo Grande
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